top of page

Nadie ni nada puede vivir por nosotros.


Una carta al futuro de mi especie.


Por: Rodrigo Lañado.



Desde el inicio entendimos que el desarrollo de la tecnología tiene como fin hacer nuestra vida más cómoda, abundante y predecible. Pero ¿y si eso es justamente lo que no debimos haber hecho desde un principio?

Permítanme explicarlo...


Los seres humanos somos, ante todo, seres emocionales y mentales. Es en nuestras emociones y en nuestra mente donde radican las diferencias fundamentales que tenemos con todo lo demás que nos rodea.


Por esa razón podríamos decir que el propósito real de esta realidad física, y de la vida en general, está en las emociones y los pensamientos que puede generar en nosotros.


Ocurre lo mismo que en un videojuego: no son los gráficos, la historia o la jugabilidad lo que verdaderamente importa para el jugador, sino el potencial que ese juego tiene de estimularlo psicológica y emocionalmente.


Si eso es cierto, entonces son las emociones y los pensamientos los que le dan sentido y forma a nuestra existencia (literalmente). Y de ahí se sigue algo muy concreto: importa muchísimo qué elegimos y qué decidimos, porque de esas decisiones dependen las experiencias que nos permiten crecer como seres conscientes y explorar la frontera de nuestros propios límites.


Por qué la comodidad total nos destruye


La tecnología es una herramienta, y como toda herramienta no es inherentemente buena ni mala.

Pero la hemos estado usando de una manera profundamente equivocada.


Cuando la tecnología se emplea para automatizar y simplificar la vida propia, termina inevitablemente en una forma de suicidio emocional y psicológico.


Al eliminar de nuestro entorno las limitaciones razonables que le corresponden a nuestra biología y a nuestro desarrollo natural, nos privamos justamente de las herramientas emocionales e intelectuales que necesitamos para evolucionar. La eficiencia en la producción de las cosas, o en la resolución de problemas sin un propósito emocional claro (un porqué que vaya más allá de la eficiencia misma), solo puede conducir a la locura o a la erosión del espíritu.

Pongamos un ejemplo.


Si la tecnología evitara por completo que un niño experimentara por su cuenta los riesgos de tener un cuerpo físico, y el conflicto que implica intercambiar ideas antagónicas con otro ser, todo con tal de hacer su existencia más eficiente y liberarlo del dolor, lo único que lograría sería volver su vida irrelevante e innecesaria.


Los límites son necesarios.


La escasez es necesaria. Y el sufrimiento es indispensable para el desarrollo del espíritu humano.

Hay una diferencia enorme entre trascender nuestros límites y nuestros sufrimientos, y simplemente delegarlos. Nadie puede aprender por nosotros y nadie puede vivir por nosotros.


El problema de la abundancia


Existe además una razón evolutiva por la cual el uso que estamos haciendo de la tecnología para crear un estado de abundancia total no funcionaría, incluso si de verdad se pretendiera lograrlo con honestidad.

Si hay algo con lo que el ser humano es pésimo lidiando es con la abundancia.


No hay forma más rápida de corromper y destruir a un espíritu humano que darle demasiado. Somos buenos superando la escasez y luchando contra ella, pero dale a una persona riqueza o abundancia más allá de su capacidad de entenderla y terminarás por destruirla (basta ver lo que la abundancia de azúcar, de grasas y de dispositivos ha provocado en una sola generación).


Sin escasez nos quedamos sin un motor evolutivo que todavía necesitamos para seguir creciendo.



La apuesta transhumanista


Algunos defensores del transhumanismo podrían argumentar lo contrario: que son precisamente nuestros límites biológicos los que nos atan a la escasez y al arrastre evolutivo, ese instinto de supervivencia descontrolado al que llamamos codicia y que nos mantiene la bota en el cuello.


Dirían que es ese arrastre, y no la falta de medios, lo que nos impide vivir en abundancia a pesar de que ya tenemos la tecnología para lograrlo.

Y tienen razón en el diagnóstico. Los problemas de nuestra sociedad y de nuestra especie no son un problema técnico ni tecnológico, sino psicológico y evolutivo.


De ahí concluyen que trascendiendo nuestra propia biología descubriremos un mundo de nuevas posibilidades emocionales y mentales, porque al no tener que preocuparnos por el alimento, el refugio, la energía y la seguridad podremos dedicarnos a tareas intelectuales y emocionales más elevadas.


Es posible, pero lo estarían afirmando desde una lógica meramente humana, es decir, apostando por algo que ni siquiera conocen ni pueden comprender todavía. Sería el salto de fe más grande, más rápido y más colectivo que haya dado la humanidad. Y hay que ser realistas: las empresas y las personas que desarrollan estas tecnologías están mucho más preocupadas por sus ganancias, por construir monopolios y por controlar su mundo que por esa apuesta filosófica. Eso reduce la probabilidad de un desenlace utópico a algo muy pequeño.


En mi opinión, quienes impulsan esto desde el sector tecnológico y desde los grandes poderes empresariales, en la espiral de su propia locura donde pretenden que pueden controlarlo todo, terminarán por autodestruirse y por arrastrarnos a todos con ellos (así terminan siempre esas historias).


Entonces, ¿como reconciliamos el uso de la tecnológia?



La pregunta correcta no es cuánta tecnología usamos, sino qué fricción le estamos quitando de encima al ser humano.

Existe una "fricción que forma" (opuesta al "frictionless" que tanto mencionan desde Silicon Valley) . Es la que recae sobre la misma persona que crece con ella: el niño que se raspa, el que levanta su propia casa, el que siembra su alimento, el que sostiene una idea frente a alguien que piensa distinto. Toda tecnología que le arrebate esa fricción a la persona le está robando su vida, aunque lo haga con la mejor de las intenciones.



También existe una fricción que solo parasita. Es la que recae sobre alguien distinto de quien la genera. La tentación del funcionario que administra recursos ajenos no es una oportunidad de crecimiento para el ciudadano al que le desvían el presupuesto de su clínica o de su camino. Nadie realmente mejora porque le roben. Ahí no hay sufrimiento formativo: solo hay un arrastre evolutivo cobrando renta sobre la vida de otros.


Automatizar la administración pública  (como propuse en mi primer libro) no delega el aprendizaje de nadie, porque administrar con imparcialidad es, de hecho, lo único que cientos de miles de años de evolución demostraron que como especie no hemos aprendido y el problema es que hemos llegado a un punto donde simplemente no tenemos el tiempo suficiente para aprenderlo antes de autodestruirnos.


Hay una segunda diferencia, todavía más importante. La automatización de la función pública no promete abundancia: puede administrar escasez sin sesgo (bajo ciertas condiciones). No elimina el límite, lo reparte con honestidad. Es exactamente lo contrario del proyecto transhumanista que critiqué antes, y conviene no confundirlos.


De todo esto se desprende un criterio práctico: se automatiza el conteo, nunca la deliberación. Como ya lo mencionado incluso en mis pláticas las máquinas y la tecnología están para ayudarmos a resolver el "como" y el "cuando" más nunca el "por qué".


Se puede automatizar la contabilidad, la asignación conforme a reglas que ya fueron decididas por personas, la trazabilidad del gasto, la auditoría y la ejecución sin discrecionalidad.


No se automatiza jamás qué queremos como comunidad, cómo ponderamos valores en conflicto, la asamblea donde eso se discute, la posibilidad de revocar lo decidido, ni la responsabilidad personal de quien decidió.


Así los medios siguen siendo el fin. La gente sigue deliberando, discutiendo y cargando con las consecuencias de sus decisiones, que es la fricción que sí forma. Lo único que se retira es la capa donde el sesgo humano se convierte en captura.


Es importante mencionar que si no se presentan ciertas condiciones en las tecnologías de la administración pùblica no se elimina el problema de raíz y el sesgo no desaparecesi no que se desplaza hacia quien escribe las reglas y hacia quien construye el sistema. Por eso una propuesta así solo tiene sentido si el código es abierto, si la auditoría es radicalmente transparente y asimétrica, si la escala se mantiene comunitaria y si todo cargo, humano o automatizado, es permanentemente revocable.


Sin esas condiciones no estaríamos quitando al parásito, solo cambiándolo de lugar y haciéndolo invisible.



Lo que está en juego


¿Qué deberíamos hacer entonces? ¿Dejar de avanzar? ¿Quedarnos con la tecnología previa a 2025 y arreglarnos lo mejor que podamos? ¿O meter el acelerador hasta el fondo y dar el salto de fe antes de que nuestra propia tecnología nos alcance?


La respuesta está en el tema de fondo de este ensayo: las emociones y los pensamientos humanos.

El fin nunca justifica los medios, porque los medios son, en sí mismos, el fin de la vida.


El cómo y el porqué haces las cosas importan mucho más que aquello que terminas haciendo.


Por eso, cualquier tecnología que tenga como propósito, reemplazar o eliminar nuestros propios pensamientos y emociones es inherentemente inhumana, sin importar cuánto bienestar prometa y cualquier tecnología que nos permita extender nuestra comprensión y nuestra capacidad de analizar, medir, crear y transformar con el fin de experimentar y vivir nuestras emociones y pensamientos con mayor claridad y libertad merece ser construida.


La pregunta que nos toca responder, como humanidad, es si en el actual rumbo tecnológico que estamos permitiendo que se desarrolle, queremos resumir toda la historia de nuestra especie, en el éxito que tuvimos en perder aquello que nos hacía únicos desde el principio.





Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación

© 2026 HOMBRES DE MAIZ

  • Facebook
  • YouTube
  • Instagram
bottom of page