¿Preparación silenciosa? ¿Invasión inminente?
- Rodrigo Lañado

- 18 dic 2025
- 8 Min. de lectura
El 15 de diciembre de 2025, Donald J. Trump firmó una Orden Ejecutiva que pasó relativamente desapercibida para el público general, pero que, en términos geopolíticos, es cualquier cosa menos trivial: el fentanilo ilícito y sus precursores químicos fueron oficialmente clasificados como Armas de Destrucción Masiva (WMD).
No como un narcótico.
No como una crisis de salud pública.
Como un arma comparable a un agente químico.
Quien haya leído con atención los capítulos geopolíticos de El Segundo Renacimientoentenderá de inmediato por qué este cambio de lenguaje es tan relevante. En el mundo real (no en el discurso político, sino en la lógica del poder) las palabras definen los marcos de acción. Y cuando algo se nombra como WMD, se activan doctrinas, excepciones legales y escenarios que van mucho más allá de la persecución policial.
De problema social a amenaza existencial
La Orden Ejecutiva es clara y brutalmente honesta: el fentanilo es presentado como una amenaza existencial para Estados Unidos, con potencial de uso terrorista a gran escala. Las organizaciones que lo producen y distribuyen dejan de ser “cárteles” para convertirse, en los hechos, en entidades insurgentes con control territorial, capacidad armada y financiamiento transnacional. (Ojo aquí).
Este no es un discurso nuevo. Es el mismo marco conceptual que históricamente ha precedido intervenciones directas o indirectas bajo tres premisas bien conocidas:
• amenaza a la seguridad nacional,
• incapacidad o insuficiencia del Estado vecino,
• legitimación del uso de recursos militares fuera del territorio propio.
En El Segundo Renacimiento explico que el poder real no se ejerce con moral, sino con capacidad de daño organizada. Y que los llamados “señores de la guerra” modernos ya no necesitan declarar conflictos: les basta con redefinir la narrativa.
Cuando una droga se convierte en WMD, el problema deja de ser criminal y pasa a ser militar. Así de simple.
México: el actor que no se nombra, pero que está en el centro
México aparece en esta narrativa sin ser mencionado directamente, pero de forma inequívoca. Producción, tránsito, control territorial y violencia asociada al fentanilo están vinculados (en el propio discurso estadounidense) a organizaciones que operan principalmente en suelo mexicano.
Aquí es donde el análisis que desarrollo en el libro cobra sentido: Estados Unidos no puede mantener su hegemonía global sin asegurar su retaguardia continental. América del Norte no es solo una región económica; es un espacio estratégico que debe mantenerse estable, controlable y alineado.
Bajo esta lógica, México deja de ser simplemente un vecino incómodo o un socio comercial. Se convierte en un territorio operativo potencial dentro de una doctrina de seguridad ampliada.
De igual manera la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela marca que Estados Unidos sabe que no puede hacer frente militarmente ni a Rusia ni a China por el momento, ya que es evidente que después de la reunión que tuvo Donald Trump Comp Putin se acordaron cosas bajo la mesa que evidentemente resultaron en la "entrega" de Ucrania a Rusia y la probable entrega de Taiwán China, en una especie de trato en donde cada parte acuerda mantener su atención en sus zonas de influencia por el momento. Una forma de "posponer la guerra abierta". Ya que posiblemente Estados Unidos prefiere enfrentarse en el campo de la inteligencia artificial ya que ante un contexto militar no tiene la ventaja que esperaba así que prefiere reagruparse, posponer y esperar un tiempo y condiciones más favorables o probablemente herramientas nuevas en este caso la IA.
Y es justo en este contexto donde los cambios recientes en el Servicio Militar Nacional mexicano merecen una lectura menos ingenua.
Un Servicio Militar más corto… pero mucho más amplio
Oficialmente, la reforma al SMN se presenta como un ajuste administrativo: menos tiempo, mayor eficiencia, menos desgaste social. Y eso es cierto… solo parcialmente.
El efecto real del rediseño es otro: permite entrenar a un volumen mucho mayor de jóvenes en menos tiempo, reduciendo fricciones políticas y sociales. No forma soldados de élite, pero sí crea masa, reserva, cuerpos mínimamente entrenados y estructurados.
En términos estratégicos, esto implica:
• ampliar rápidamente la reserva humana disponible,
• estandarizar nociones básicas de disciplina y logística,
• generar capacidad de movilización sin declarar una militarización abierta.
En El Segundo Renacimiento lo digo sin rodeos: cuando el sistema siente que pierde control, refuerza sus mecanismos de contención, no necesariamente para atacar, sino para no colapsar.
Prepararse no es atacar
Desde una lectura geopolítica realista, México enfrenta un dilema silencioso frente al nuevo discurso estadounidense:
1. Negar el escenario y quedar reactivo.
2. Colaborar pasivamente, cediendo soberanía operativa.
3. Prepararse internamente para no quedar desbordado.
El fortalecimiento discreto del SMN puede leerse como parte de la tercera opción. No como un acto beligerante, sino como una medida de disuasión mínima.
Un país con una base amplia de jóvenes mínimamente entrenados tiene mayor capacidad de control interno, respuesta ante crisis y negociación desde una posición menos vulnerable. Y en el mundo que describo en el libro —un mundo tripolar, inestable y cada vez más crudo— la vulnerabilidad se paga caro.
Lo que no se dice es lo que importa
Nada de esto se anuncia públicamente porque no puede anunciarse. Reconocer abiertamente que México se prepara ante un posible escenario de intervención sería escalar el conflicto en el plano diplomático. Pero los que conocemos lo suficiente en el tema, sabemos lo que esto significa... intervención y destitución.
En geopolítica, como explico en El Segundo Renacimiento, el poder rara vez habla en voz alta. Se expresa a través de reformas técnicas, cambios de lenguaje y movimientos silenciosos.
Perfecto. A continuación te presento el artículo–columna final, escrito con tu voz, serio, reflexivo, sin tono académico rígido ni lenguaje de IA, y entrelazando explícitamente las ideas centrales de El Segundo Renacimiento con el análisis del fentanilo, Trump y el SMN, de forma que se note continuidad entre lo que planteas en el libro y lo que está ocurriendo ahora, y que invite naturalmente a leerlo.
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Cuando el lenguaje de la guerra cambia, el tablero completo se reacomoda
El 15 de diciembre de 2025, Donald J. Trump firmó una Orden Ejecutiva que pasó relativamente desapercibida para el público general, pero que, en términos geopolíticos, es cualquier cosa menos trivial: el fentanilo ilícito y sus precursores químicos fueron oficialmente clasificados como Armas de Destrucción Masiva (WMD).
No como un narcótico.
No como una crisis de salud pública.
Como un arma comparable a un agente químico.
Quien haya leído con atención los capítulos geopolíticos de El Segundo Renacimientoentenderá de inmediato por qué este cambio de lenguaje es tan relevante. En el mundo real —no en el discurso político, sino en la lógica del poder— las palabras definen los marcos de acción. Y cuando algo se nombra como WMD, se activan doctrinas, excepciones legales y escenarios que van mucho más allá de la persecución policial.
De problema social a amenaza existencial
La Orden Ejecutiva es clara y brutalmente honesta: el fentanilo es presentado como una amenaza existencial para Estados Unidos, con potencial de uso terrorista a gran escala. Las organizaciones que lo producen y distribuyen dejan de ser “cárteles” para convertirse, en los hechos, en entidades insurgentes con control territorial, capacidad armada y financiamiento transnacional.
Este no es un discurso nuevo. Es el mismo marco conceptual que históricamente ha precedido intervenciones directas o indirectas bajo tres premisas bien conocidas:
• amenaza a la seguridad nacional,
• incapacidad o insuficiencia del Estado vecino,
• legitimación del uso de recursos militares fuera del territorio propio.
En El Segundo Renacimiento explico que el poder real no se ejerce con moral, sino con capacidad de daño organizada. Y que los llamados “señores de la guerra” modernos ya no necesitan declarar conflictos: les basta con redefinir la narrativa.
Cuando una droga se convierte en WMD, el problema deja de ser criminal y pasa a ser militar. Así de simple.
México: el actor que no se nombra, pero que está en el centro
México aparece en esta narrativa sin ser mencionado directamente, pero de forma inequívoca. Producción, tránsito, control territorial y violencia asociada al fentanilo están vinculados —en el propio discurso estadounidense— a organizaciones que operan principalmente en suelo mexicano.
Aquí es donde el análisis que desarrollo en el libro cobra sentido: Estados Unidos no puede mantener su hegemonía global sin asegurar su retaguardia continental. América del Norte no es solo una región económica; es un espacio estratégico que debe mantenerse estable, controlable y alineado.
Bajo esta lógica, México deja de ser simplemente un vecino incómodo o un socio comercial. Se convierte en un territorio operativo potencial dentro de una doctrina de seguridad ampliada.
Y es justo en este contexto donde los cambios recientes en el Servicio Militar Nacional mexicano merecen una lectura menos ingenua.
Un Servicio Militar más corto… pero mucho más amplio
Oficialmente, la reforma al SMN se presenta como un ajuste administrativo: menos tiempo, mayor eficiencia, menos desgaste social. Y eso es cierto… solo parcialmente.
El efecto real del rediseño es otro: permite entrenar a un volumen mucho mayor de jóvenes en menos tiempo, reduciendo fricciones políticas y sociales. No forma soldados de élite, pero sí crea masa, reserva, cuerpos mínimamente entrenados y estructurados.
En términos estratégicos, esto implica:
• ampliar rápidamente la reserva humana disponible,
• estandarizar nociones básicas de disciplina y logística,
• generar capacidad de movilización sin declarar una militarización abierta.
En El Segundo Renacimiento lo digo sin rodeos: cuando el sistema siente que pierde control, refuerza sus mecanismos de contención, no necesariamente para atacar, sino para no colapsar.
Prepararse no es atacar
Desde una lectura geopolítica realista, México enfrenta un dilema silencioso frente al nuevo discurso estadounidense:
1. Negar el escenario y quedar reactivo.
2. Colaborar pasivamente, cediendo soberanía operativa.
3. Prepararse internamente para no quedar desbordado.
El fortalecimiento discreto del SMN puede leerse como parte de la tercera opción. No como un acto beligerante, sino como una medida de disuasión mínima.
Un país con una base amplia de jóvenes mínimamente entrenados tiene mayor capacidad de control interno, respuesta ante crisis y negociación desde una posición menos vulnerable. Y en el mundo que describo en el libro —un mundo tripolar, inestable y cada vez más crudo— la vulnerabilidad se paga caro.
Lo que no se dice es lo que importa
Nada de esto se anuncia públicamente porque no puede anunciarse. Reconocer abiertamente que México se prepara ante un posible escenario de intervención sería escalar el conflicto en el plano diplomático.
Pero en geopolítica, como explico en El Segundo Renacimiento, el poder rara vez habla en voz alta. Se expresa a través de reformas técnicas, cambios de lenguaje y movimientos silenciosos.
Estados Unidos redefine una droga como WMD. Entonces México acelera y masifica su sistema de reclutamiento básico.
Ambos movimientos ocurren en el mismo periodo histórico.
No es una prueba concluyente. Pero tampoco es una coincidencia inocente.
Es un patrón coherente dentro de un mundo que está entrando en una fase de mayor fricción, menor diplomacia y decisiones cada vez más crudas.
Conclusión: entender el tablero antes de mover ficha
Los cambios en el Servicio Militar Nacional no pueden analizarse como un simple trámite administrativo aislado. En el contexto de una doctrina estadounidense que militariza el problema del fentanilo, estos ajustes adquieren una dimensión estratégica mucho más profunda.
No necesariamente anuncian una guerra inminente. Pero sí confirman algo que sostengo desde las primeras páginas de El Segundo Renacimiento: el mundo ya entró en una fase de mayor fricción, menor diplomacia y menor margen de error.
La historia no avanza con anuncios estruendosos.
Avanza con silencios bien colocados.
Y entender esos silencios (ese es, precisamente, uno de los propósitos de mi libro.)
Desde hace tiempo sostengo que ante esta nueva doctrina Monroe ampliada de Estados Unidos, Trump comienza desde abajo desde Venezuela para continuar su avance hacia arriba, eventualmente dicho avance llegará a México muy pronto.
Y las preguntas que muchos se harán seguramente serán:
¿Qué deberíamos de hacer y qué podemos hacer al respecto?
Yo personalmente opino que todo esto obedece a una serie de cambios y movimientos a nivel global, consecuencia de muchos otros acontecimientos y qué es un proceso que independientemente de nuestras opiniones, deseos e intenciones, esta era de colapso es inevitable. Y en realidad la pregunta que deberíamos de hacernos es: ¿cómo podemos aprovechar estos tiempos de cambio y de colapso para crear algo nuevo?
Para aquellos que ya leyeron mi libro el segundo renacimiento, ellos creo yo, ya tienen la respuesta.
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